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El legado vetón de Segura de Toro: historia y leyendas de un pueblo extremeño

Hay que retroceder 2.500 años atrás para ir al origen de nuestro pueblo. Hasta los tiempos en que los vetones habitaban estas montañas.

Situado en la sierra norte de Cáceres, en él vemos la silueta robusta del toro de piedra presidiendo la plaza. Bajo su mirada de granito, nos sabemos parte de una historia antigua que sigue viva en las calles y en nuestra memoria colectiva.
Los vetones fueron un pueblo prerromano que dominó gran parte de las tierras del occidente ibérico en la Edad del Hierro. Eran ganaderos y guerreros a partes iguales, viviendo en castros fortificados en cerros y laderas. Aquí, en el valle del Ambroz, también dejaron su huella. Su cultura está vinculada a la cultura de los verracos, por las esculturas de animales corpulentos que esculpían en granito: toros, cerdos y jabalíes monumentales. Estas figuras podían servir como símbolos de protección del ganado o del territorio, marcadores de fronteras, o incluso tener un sentido religioso de fertilidad; su función exacta no está confirmada. En cualquier caso, debían de ser elementos de gran importancia social: símbolos de poder y estatus entre los vetones de la época. Lo que sí sabemos es que para nosotros, siglos después, se han vuelto un emblema de identidad local. Se trata de una gran escultura de toro tallada en granito hace unos veintisiete siglos (alrededor del siglo VI a.C.). Ahí está, sobre su pedestal en la plaza, contemplando en silencio el ir y venir de nuestras vidas. Con sus más de dos metros de longitud, impresiona pensar cómo nuestros antepasados pudieron labrar a mano una mole así. Es uno de los verracos mejor conservados de Extremadura y de mayor tamaño de toda la península ibérica. Aun así, el tiempo y la mano del hombre le han dejado cicatrices. Le falta parte de la cabeza y tiene hendiduras y brechas en el lomo; no son solo desgaste milenario, sino heridas de una historia que se cuenta en el pueblo.

Asina nos lo contaban nuestros abuelos: —dicen que dentro del toro de piedra hay un tesoro escondido. ¡Chacha, te puedes imaginar el revuelo!—. Cuentan que algunos vecinos, creyendo la leyenda, fueron una noche armados de mazos y cinceles dispuestos a abrir al viejo verraco. Según la historia, el toro entonces estaba medio enterrado en la pared de un huerto. En su costado visible, decían que tenía grabado un misterioso letrero: “El que me rodee del otro lao / será afortunao”. Animados por aquella promesa, lograron voltear la pesada escultura para leer lo que ponía al otro lado, solo para encontrarse con un mensaje burlón: “Ahora que estoy volteao, me quedo más descansao”. La desilusión y la rabia fueron tales que —cuenta la leyenda— arremetieron a golpes contra el toro. A martillazos le rompieron la cabeza y le abrieron brechas en el lomo buscando un oro que nunca apareció. No encontraron más que granito, y el pobre toro quedó malherido.

Con el tiempo, el toro fue rescatado de aquel huerto y colocado en el centro del pueblo. Tardaron semanas en subirle, en dos piezas y con cuerdas. Hubo quienes entendieron que ese viejo toro era un patrimonio único que debíamos cuidar. Desde entonces el verraco preside orgulloso en nuestra plaza, y nosotros lo mimamos como oro en paño. Ya forma parte de nuestro día a día: los niños juegan a su alrededor, los mayores descansan a su lado, la juventud se cuenta secretos sentados en él, y señalamos al toro a los forasteros con orgullo, explicando: “Este toro lleva aquí desde antes de los romanos”.

Si dirigimos la mirada hacia las sierras que abrazan el pueblo, hay un castro en particular que guarda secretos: El Picute. Muchos de nosotros hemos caminado por sus laderas y notamos piedras alineadas que no parecen obra casual de la naturaleza. Allí (dicen) existió un poblado vetón que podría ser el origen del Segura de Toro primigenio, antes de que el pueblo se asentara donde está hoy. Aunque hasta ahora el yacimiento no ha sido excavado, se distinguen claramente los restos de dos murallas que protegían el asentamiento, y aparecen los cimientos de alguna vivienda antigua. Al recorrer ese lugar, nos imaginamos viviendo allí arriba hace veinticinco siglos: un grupo de familias vetonas encendiendo hogueras al atardecer, sus chozas de piedra resguardadas tras la muralla, vigilando el valle desde las alturas mientras el ganado descansa cerca.

Además del toro, otro vestigio vetón muy especial apareció en nuestro pueblo: la llamada estela del guerrero. Se trata de una losa de granito tallada con la figura esquemática de un hombre de armas de aquella época. Es un testimonio único del pasado: la prueba de que un guerrero vetón habitó estas tierras y dejó su memoria grabada en la roca. Nuestro médico e historiador local, don Marcelino (que en paz descanse), la identificó en los años 60 junto a otros hallazgos, removiendo rincones de fincas con ayuda de vecinos curiosos. Aquella estela, junto con otro verraco más pequeño e incluso un miliario romano, fue llevada al Museo Provincial de Cáceres. Preservar este patrimonio no es un lujo cultural, es casi un acto de resistencia: defendemos nuestra historia porque en ella va nuestro futuro. Los vetones, sin saberlo, nos legaron algo más que piedras: nos dejaron un sentido de pertenencia profunda a este territorio. Somos un pueblo chiquinino, sí, pero con una historia milenaria que nos hace grandes. Y así, tenemos claro que somos porque fuimos: somos quienes somos gracias a aquellos vetones, y mantener vivo su recuerdo es la mejor forma de honrar lo que fuimos y lo que somos como pueblo. Porque, al final, preservar es esto: elegir que nuestra historia no se quede muda. Y si lo pensamos bien, nuestro toro en la plaza no solo mira hacia atrás. También nos mira a nosotras, hoy, y nos pregunta bajito:
“¿Vais a seguir siendo pueblo?”
Y nosotras respondemos: sí, jarto que sí, pero con memoria.